sábado, marzo 25, 2017

Gues what


Alucino cuando pienso en lo que me ha cambiado la vida cuando, allá por 2009, empecé con aquel blog que ya no existe. He cambiado de pareja, trabajo, casa, estado civil y proyecto de vida. Ahí es nada. Los que me seguís de siempre lo sabéis bien. Para el resto, resumir que después de una historia de amor difícil, escabrosa y apasionada al más puro estilo Danielle Steel, ahora tengo un novio en Maspallá, simpático país del norte de Europa, y la intención de mudarme en cuanto encuentre con qué ganarme la vida.

El reto de encontrar trabajo en otro país, y encima desde España, donde hasta entonces tengo que seguir trabajando, es como mínimo complicado. En un principio respondí a unos cuantos anuncios por Internet, para descubrir que meter el currículum en un formulario de esos es como lanzarlo al espacio exterior: no sabes dónde va, en seguida desaparece de tu vista y en tu puta vida vuelves a saber nada de él. Leí algunos artículos de una gurú estadounidense, where else, donde decía precisamente eso: responder anuncios por Internet no sirve absolutamente para nada. En su lugar, proponía escoger un puesto de trabajo, ver en qué empresas podías realizarlo, enterarte quien sería tu jefe en esa empresa y escribirle una sentida carta por correo ordinario contando por qué te encanta su empresa (peloteo del clásico) y qué puedes hacer tú por ella. Como si fueras un banco o un servicio de telecomunicaciones, vaya. A mí, la verdad, me pareció un poquito friki. No digo que no funcione pero... gmñé.







  
Así las cosas, volví a la conclusión de que la mejor opción era encontrar a alguien con los contactos adecuados, que conociera bien el mercado laboral maspallés y dispuesto a trabajar conmigo codo con codo, asesorarme con el currículum, las entrevistas y lo que hiciera falta para completar ese complicado proceso. Que sólo lo haría, como es normal, si tuviera un interés personal en ello. Lo que "viene siendo" un recruiter de los buenos, vamos. Digo que volví a esa conclusión porque "obviamenete" ya se me había ocurrido al principio, pero guess what: los Migueles Page y Jays de turno lo que tienen es una PUTA PÁGINA WEB  a la que amablemente te remiten cada vez que quieres contactar in person con un jodío recruiter. 

Afortunadamente, mi sector es muy especializado. Y afortunadamente, tiene una fuerte presencia en Maspallá. Tanto es así, que allí está la organización más importante sobre el asunto en este nuestro continente a la que, con permiso de los presentes, llamaremos la P.E.R.A, más que nada porque eso es lo que es trabajar allí. Por tener fuerte presencia, existen agencias de selección especializadas. Las cuales tienes todas magníficas páginas web con coquetos formularios para meter tu currículo y perderlo de vista para siempre jamás. 

Me cago en tó lo que tiene patas.

Estaba yo ya en un tris de morder alguna alfombra de pura desesperación, cuando me acordé de esa red social, la gran madre de todos los contactos, en la que todos estamos pero a la que pocos sacamos partido: LinkedIn. Pues claro, leñe, los recruiters de estas agencias tenían que estar allí con su monísimo perfil personal. No hacerlo sería un descrédito, a ver dónde se ha visto hoy en día un profesional de selección que no esté LinkedIn. Y allí que me fui. Y allí que encontré un puñao de ellos. La totalidad de los cuales ignoraron con olímpico desprecio mi solicitud de contacto. Todos excepto uno, al que a efectos de esta bitácora llamaremos Bor Fietsen.

Nada más aceptarme, escribí a Bor para contarle que estaba buscando trabajo en el sector, ponerle en antecedentes y pedirle que me tuviera en cuenta si surgía algo. Esperé unos días. No answer. Había leído que en Maspallá se estila mucho agarrar el teléfono y llamar a donde sea que quieres trabajar. Trinqué el teléfono y llamé a Bor. Muy majo, él. Ni se acordaba del LinkedIn. Le pedí una entrevista. Me dijo que le enviara el currículum para quedar cuando estuviera yo por Maspallá. Así lo hice. Pasaron mogollón de días y again, no answer. Volví a insistir. Quizá lo más práctico, le sugerí, sería hacer la entrevista por Skype. Así no hay que esperar a que esté yo por esos lares. Me contestó que intentaría arreglarlo pero volvió a pasar el tiempo y hala, no answer. Lo dejé por imposible. Tampoco era cuestión de acosarle a lo "Atracción fatal".

Un par de meses más tarde, me había olvidado de él (snif) cuando publiqué en LinkedIn una actualización de estado. Entre los comentarios apareció uno de Bor: "Amaranta, ha surgido una vacante en la P.E.R.A. ¿te interesa presentarte?"

Dejando aparte el pequeñísimo detalle de que tengo a la mitad de mi empresa en LinkedIn, Director de Recursos Humanos incluido, me emocionó ver que Bor no me había olvidado. Vamos, que me pinchan y no sangro. Vamos, QUE ME PIDE QUE SALTE DE UN PUENTE Y ME TIRO EN PLANCHA, al grito de "DONDE HAY QUE FIRMAR". Le escribí discretamente en privado haciéndome la interesante. Tampoco era cuestión de arrojarme en sus brazos después de meses de silencio. "Dear Bor, ¿Dónde coño has estado? I have seen your message ¿ehhh??? and I think that might be interesting ¿Y dónde coño tengo que firmar??? Can you provide further information? ¡Mándame lo que sea ya!.

Total, que aquí me tenéis, dentro de un avión volviendo a España después de una accidentada entrevista en la P.E.R.A., con la nariz como Pinocho de mentirle a mi jefa para fumarme dos días laborales, un brote en la garganta del puñetero estrés que he pasado y esperando noticias de Bor. Contenta, a pesar de todo. Esta vida de emociones, viajes, gente nueva y oportunidades es justo la que quería tener. Bienvenidos los "estresses" si es por una buena causa.

lunes, enero 16, 2017

Los miserables

Esta entrada va dedicada a Los Miserables, esa “mean minded people” cuya única forma de brillar es echar mierda encima de los demás. El miserable o mean minded (en adelante MM) es ese ejemplar de ser humano mediocre, ávido de atención y reconocimiento, de inteligencia tirando a dos dígitos, que no soporta el éxito en los demás y no pierde ocasión de abrir la bocaza para guarrear al prójimo con el objetivo de que todos vean lo guay que es él por comparación y el resultado práctico de que tó Dios concluye que es gilipollas.

El miserable es la abogada con cuerpo de botijo que da lecciones sobre principios generales del Derecho a profesionales jurídicos cualificados que no se las han pedido, dando por hecho que son unos inútiles cuando la que está haciendo el ridículo es ella. Es el paleto de aldea que tiene el cuajo de sentarse en una mesa de veinte comensales en esta mi ciudad y soltarles en su cara que los madrileños somos unos cutres porque en Madrid sólo hay bares llenos de mierda en los que te quedas pegao, no como en su pueblo de la España profunda, donde por lo visto sólo hay “restós” cool del más puro estilo neoyorquino. Es el ingeniero ignorante que se atreve a decir que a los abogados tampoco hay que pagarles mucho porque total, a lo único que se dedican es a discutir; se ve que fue un ingeniero el que creo el mundo, y yo saberlo, oiga. Es la morcillona pintada como una puerta que aspira a Directora Generala por los méritos del chichi.

Si los soplapollas miserables volaran, nunca veríamos el sol. A todos ellos, feliz 2016, porque me va importar una mierda lo que digáis en 2017.

lunes, enero 09, 2017

Bienvenidos a 2017

Tengo algunas ideas para 2017. Algunos objetivos importantes. Un cuaderno lleno de pegatinas donde he apuntado mis deseos para este año y en que el que pienso apuntar todas las cosas que voy haciendo para conseguirlos. Soy más de las del mazo dando, está claro. Y acabo de darme cuenta de que hay un deseo importantísimo que no he apuntado en ese cuaderno: superar la ansiedad.

La ansiedad es un hábito. Es algo que permanece cuando la vida te lo ha puesto difícil en el pasado. Hablo únicamente de mi caso. No sé cómo serán las experiencias del resto. A mí se me ha quedado el hábito y la molesta creencia de que dentro de un minuto va a pasar algo que me va a jorobar la vida. Y si no pasa, me preocupo intentando adivinar por dónde va a venir el golpe. Un infierno.

2017 llega cargado de promesas y felicidad. Estoy bien valorada en mi trabajo. Mi relación con Erik es fantástica y cuanto más le conozco, más segura estoy de lo mucho que merece la pena estar con él. Estoy bien de salud. Todo va estupendamente, y además se me abre un mundo de posibilidades. No hay motivo para la ansiedad, pero la tengo y mucha.

Pues bien, esta es la madre de todos los objetivos/deseos para 2017: superar de una puñetera vez el miedo. Dejar atrás de una bendita vez la ansiedad. Ahora mismo no me veis pero estoy arremangada cual soldado de la legión en pleno invierno. Acabo de coger el toro por lo cuernos y no sé cuánto me costará ni si meneará la cabeza y me tirará por los aires, pero por mucho que caiga de cabeza, me volveré a levantar. No hay terrípido que se resista a la constancia. Este es mi año.

BIENVENIDOS 





viernes, noviembre 25, 2016

Quítasela al del perro

Aquí Amaranta desde el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas. Avisando de que escribo desde el App de Blogger y a saber con qué pelos sale publicada está entrada. Haciendo tiempo porque he llegado con mucho (as usual) y animándome a seguir con la sección de anécdotas air-traveller.

Es curioso que habiendo padecido la molesta dolencia de yuyu a volar, haya acabado haciéndolo hasta el punto de que Flying Airways me acabe de otorgar la tarjeta plata. La cual entre otras comodidades, me habilita a subirme al aeroplano por la cola de Business sin tener que padecer las aglomeraciones de Chusma Class, aunque el billete siga siendo de Chusma, of course. Y me permite facturar una maleta sin coste. Y otra serie de cositas que no me vienen precisamente mal.

El caso es que hoy estreno mi flamante tarjeta plata, y habiendo llegado al aeropuerto con muuuucho más tiempo del necesario para tomar el vuelo, no se me ocurre otra cosa que acercarme al mostrador de Flying Airways para que me den una copia en papel de la tarjeta de embarque. En alguna otra entrada he explicado ya un pequeño "insidente" con la electrónica y oiga, sobrando tiempo y estando el mostrador de Flying sin gente esperando, aprovechemos la ocasión de ir más tranquilos.

Me acerco al mostrador y me atiende una maspallesa larguísima, rubísima, con un acento que delataba su simpático origen (como saben soy fan de Maspallá) y... pobre mujer, lo digo sin acritud porque la verdad es que no me ha hecho nada, pero más bizca que tó lo bizco que hay en España, Maspallá y el mundo en su apabullante totalidad. Tan bizca era la pobre que de no ser por el acento, hubiera jurado que era la sobrina sueca de la Blasa. Menos mal que supersticiosa no soy. Joer.

Pongo el DNI sobre el mostrador y le pido amablemente copia de la tarjeta de embarque. Me contesta preguntándome cordialmentente si llevo equipaje de cabina. Uh. Contesto que sí. Le enseño mi maleta con las medidas exactas requeridas por la normativa (cumplida y cuadriculada que es una) y mi tarjetita plata prendida coquetamente del asa. Me informa de que va a facturarla porque el avión va lleno.

¿Lo queeeeeee?

¡Pero si yo sólo he pasado a pedir una copia de la tarjeta de embarque!

De repente el acento maspallés ya no me hace tanta gracia.
A que me voy a cagar en su puta madre.

Vaya por delante que yo de prepotente no tengo nada. Me horrorizan ese tipo de personas que se creen con más derechos que los demás y constantemente se hacen valer delante de tó el que quiera oírlos. Pero vaya por delante también que después de un año volando cada quince días, estoy jarta, pero jarta hasta decir basta, de ver gente montándose en cabina con el bolso, la maleta, el perro, las compras del duty free, el portátil, la sombrilla, la tortilla y el transistor sin que nadie les diga nada. Y cómo luego el personal de Flying obliga a bajar a la bodega las maletas que, como la mía, cumplen el tamaño establecido por la aerolínea y el requisito de ser sólo una.

Miro a la azafata de Flying sin poder decir a ciencia cierta dónde está mirando ella. Visualizo lo que acabo de explicar y a mí llegando a Maspallá a las chopomil horas y teniendo que esperar en la cinta la jodía maleta mientras el del transistor y el perro pasa alegremente por delante de mis narices.

Se me inflan los huevos.

Y aparece la Kojondorff.

Rápidamente saca la cartera de mi bolso y pone en el mostrador la tarjeta plata. Le explica que eso le da derecho a llevar la maleta en cabina (la verdad que muy claro no lo tengo, pero me consta que Flying nunca pide a los dueños de las maletas que lucen la tarjeta que la bajen a cabina, así que...)

La susodicha no da su brazo a torcer. No es cuestión de tarjeta, sino que el avión va lleno, dice. Pues claro que va lleno. Lleno, no, llenísimo. Va hasta las mismísimas pelotas (eso no se lo digo) Lo sé porque lo he cogido "asín" de veces. Pero lo que es ahora mismo, lleno no está, porque me apuesto lo que quiera, señorita, a que soy el primer pasajero en llegar.  Así que por qué no espera a que de verdad esté lleno para quitarle la maleta a otro pasajero que haya llegado más tarde.
La rubia me explica que no me está "quitando" la maleta sino facturándola (típica precisión maspallesa, sin comentarios) y que tampoco es cuestión de a qué hora llega el pasajero, sino que facturan las maletas de todo el que pasa por el mostrador.

Conque es eso, le digo. Pues entonces no he pasado por aquí. Deme el DNI que yo no le he pedido nada.

Se me queda mirando (eso creo) sin saber qué decir.

¡Chúpate esa!

Sin decir una palabra m devuelve el DNI... con una copia de mi tarjeta de embarque.

Y yo me voy con mi maleta que ya se la quitarán al del perro.

Vamossshombre.

domingo, julio 17, 2016

SI lo sé no vuelo

Uno de los efectos secundarios de tener un novio en otro país es la cantidad de vuelos que tienes que hacer al año. Doce para empezar a hablar, pero con seguridad alguno más. En mi caso, volar siempre con la misma compañía, oriunda de mi país de destino, a la que llamaremos "Flying Airways" porque "Nordic" ya está cogido, es una forma más de conocer a los locales de aquella tierra. Bueno, eso y la interacción humana en el aeropuerto de allá, que también va generando sus anécdotas.

Mi elección de volar con Flying Airways se debe a tres cuestiones fundamentales: (1) disponen del precio más asequible de la industria en vuelo directo, porque sí, más baratos los hay, pero volar con escala en Hong-Kong saliendo un viernes y llegando el sábado por la tarde no es lo más práctico para un fin de semana (2) que no se trata de una línea low-cost, lo cual, para una ex-muerta de miedo a volar, es definitivamente un plus porque mire usted, donde se ponga una compañía de toda la vida, que se quite un Wyatt-Air y (3) que por el módico precio del billete te incluyen sándwich, bebida, un pastelito y un café. Que no saben ustedes la mala leche que se me pone cuando viajo en nuestra línea patria y olé y encima de que el billete es mucho más caro, tienes que pagar un cojonal p'a que te pongan un mísero café. So ratas.

Una de las primeras cosas que me llamó la atención de Flying Airways fue la estatura media del personal de cabina. Que sí, ya sé que la población de Maspallá es la más alta del mundo debido a su conocida afición a los lácteos, pero una cosa es encontrarlos por la calle y otra ver a una azafata rozando el techo del avión con el moño. Y sin tacones. Hay que joderse. Es una visión que impresiona. Sobre todo cuando son jóvenes porque encima de altas, son delgadas como un palillo de dientes. La de modelos de pasarela que ha tenido que dar ese país al mundo.  Confieso que en más de una ocasión me he sorprendido tratando de calcular a bulto cuánto le mediría la pata a la susodicha desde el talón a la cadera, porque así a ojo, yo diría que como mínimo la pierna sola me llegaba hasta el sobaco. 

De mis ya numerosos vuelos con Flying Airways, recuerdo uno al que no me atrevo a calificar de gafado, porque al final oiga, el trasto despegó, voló y aterrizó sin mayores consecuencias, a pesar de una serie de incómodos incidentes que no sabía yo que me pudieran pasar todos juntos. La cosa empezó en la cola de embarque cuando, a falta de quince minutos de que abrieran las puertas del avión para entrar, procedo a abrir el app de Flying Airways en el móvil y ¡ottia! por ningún lado aparece la tarjeta de embarque. Tranquila, me digo. Lo cierro y lo vuelvo a abrir. Nada. El app ni me reconoce, no aparece ni mi nombre,  me logo, buenas tardes Amaranta, empiezo a sudar la gota gorda mientras carga, bienvenida a Flying Airways, me cago en todo, me muestra el menú, voy a mis reservas/tarjetas de embarque. Nada de nada ¡JODER!

No sé cuántas veces hago la misma operación y siempre con el mismo resultado. Buenas tardes Amaranta, bienvenida a Flying Airways, no hay tarjetas de embarque, me cago en tu padre. A medida que la repito sin resultado me van subiendo las pulsaciones, empiezo a sudar y a soltar de todo por la boca. Cómo sería la cosa que algunos compatriotas de la cola se dan la vuelta. Pero qué te pasa. La tarjeta que no está. Coge la del Passbook, dice una. Si es que no la he metido (MIERRRRRDA) Lo que yo digo, dice otro, donde se ponga el papel, luego pasa lo que pasa. Ya saltó el avanzado a su tiempo. Y a ti ¿quién cojón te ha preguntado???

Omito mi impulso de patearle los huevos y saco la tablet del bolso. Es increíble lo largo que se te puede hacer el tiempo que tarda en arrancar un iPad en algunas circunstancias. Me conecto al wifi del aeropuerto. Entro en el correo. Localizo la tarjeta en PDF. La abro. Al pie pone claramente que para usarla hay que llevarla impresa en papel. Me cago en mi puta calavera.

Cuando llega mi turno de embarcar, le explico al rubio de dos metros de la puerta lo que me ha pasado con el app de Flying Airways. Percibo vagamente que estoy haciendo más aspavientos que un surfero subido en una boya acosado por un tiburón a un helicóptero de rescate. El rubio sonríe amablemente con ese encanto irresistible tan maspallés, coge mi tablet y la pasa por el escáner. Con esto es suficiente, dice. Ah. Le enseño el D.N.I. ¿Lo necesita? Sonríe otra vez y lo descarta con un gesto elegantísimo de la mano, invitándome a embarcar, así, tal cual. Me pinchas en ese momento y no sangro.

Más de la mitad del avión está lleno de chinos. No sé yo que estaríamos regalando en España. Me toca uno al lado con un niño monísimo de como mucho un año. El chino está encantado con el niño y no me extraña, es para comérselo. Lo malo es que no para y el otro le deja, así que el peque acaba pateándome, trepando entre los asientos, y el padre ni le pone el cinturón de seguridad ni nada. Hasta que una walkiria de cabina, cincuentona entrada en carnes que impone que no veas, le explica con firmeza que el niño no puede viajar así. En cuanto se da la vuelta volvemos a lo mismo. Jesús, qué viajecito me espera.

Ya en el aire, intento relajarme y saco el iPad para leer un poco. Lo enciendo y muestra la pantalla de inicio. Pincho en iBooks. Pega un pantallazo y se queda negro. Intento reiniciarlo. Varias veces. Y allí mismo, en medio de ninguna parte, a once mil pies sobre el suelo, me veo en la triste tesitura de certificar su fallecimiento (por si queda alguna duda, en Madrid intenté recuperarlo con iTunes y NADA, ni los super-guays técnicos del mega Apple Store de Sol consiguieron salvarlo) 

Bueno, pues nada, me digo en pleno cabreo, ya sólo falta coger la salmonela con el sándwich y lo tengo todo, ea.

Noto un revuelo a mis espaldas, me giro y veo a un chino en pleno ataque de epilepsia. Llamo con manifiestos aspavientos (otra vez, mfsgh) a la walkiria de Flying Airways. La mole rubia tarda menos de un segundo en quitar de en medio el carro de los sandwiches y a dos chinos que viajan en centro y pasillo para acceder al afectado. Igual es mi imaginación, pero creo que se arremangó y todo. Ni un agente de la SWAT, vamos.

Lo atiende con no sé qué maniobra mientras las compañeras piden un médico por megafonía. Se personan dos  doctoras españolas. El chino está inconsciente pero bien, no hay que hacer nada hasta el aterrizaje. La walkiria sabía bien lo que hacía. Exige con voz firme que se lo cuenten en inglés para confirmarlo. Después le echa una bronca a la que viaja con el enfermo en el mismo idioma: "La próxima vez que vuele, avise de la condición de este hombre al personal de cabina, ¿está claro?". Creí que le pegaba dos hostias. 

Vaya, ahora entiendo el relajo en la puerta de embarque. Para qué pedirme el carnet si total, a ver quien es el guapo que se anima a secuestrar el avión con semejante eficacia en la cabina. Seguro que sólo tiene una teta; la otra se la ha cortado para arrancar más fácilmente de un guantazo la cabeza a cualquiera que se atreva a poner en riesgo la seguridad del avión. Me siento muy segura con usted, señora. Otro motivo más para viajar con Flying Airways.

martes, abril 12, 2016

Patricia Kojondorf

Después de años y más años de rígidos principios…

Después de chopocientas veces de intentar hacerlo todo bien…

Después de sacrificarme, luchar, sufrir y hacer continuamente el gilipollas en aras de algún sueño que supuestamente merecía la pena…

Hoy vengo a liberar MI LADO OSCURO. Se llama Patricia Kojondorf y es... algo narcisista.

A Patricia no le gusta lo cutre. Mejor dicho, no lo soporta. Pasar por la acera de enfrente del Prymark le provoca fuertes brotes de depresión. Tampoco puede llamarlo por su nombre y por eso le ha puesto un mote, “el nomejodas”.

Patricia jamás lleva una cana a la vista y nunca la pillarás sin la manicura hecha o el ojo sin maquillar. Antes se tiraría en plancha desde un puente en mitad de la autopista. Por el mismo motivo, se destroza los pies día tras día en elegantes zapatos de tacón y se embute en faldas apretadas de tubo y chaquetas monísimas de lo más incómodas.

A Patricia le gustan los restaurantes caros y los sitios elegantes. Es ambiciosa y lo considera un valor. No se conforma con menos de lo que cree que se merece, y cree que se merece mucho.

Patricia no soporta los perfumes horriblemente intensos, de esos que van dejando volutas pegajosas detrás de sus dueñas. Los considera un signo de vulgaridad, como una forma choni de marcar el territorio. Tampoco soporta la mala educación en los demás.

Pero sobre todo, Patricia es una bruja de mucho cuidado.

Y a Amaranta, que lleva toda su vida asfixiando a Patricia para que no se note que la lleva dentro, al final se ha dado cuenta de que eso es imposible.

Amaranta es Patricia Kojondorf y ya no le sale del juju seguir reprimiéndola.

Bienvenidos a la oscuridad.




lunes, enero 04, 2016

Lo que siento por Marian

Los de mi edad seguro que saben quién es Marian Gold o si no, lo reconocen ipso facto en cuanto ven un poster de Alphaville de los ochenta, de esos que venían con el Super Pop. Marian Gold es el cantante de Alphaville, el moreno de ojos rasgados. A mí, lógicamente, me parece tremendamente atractivo cuando estaba en su treintena; mucho más ahora que lo veo en las fotos que cuando lo estaba de verdad, me explico. Cuando Marian tenía treinta años, yo tenía trece. Corría el año 1984 y Alphaville lanzaba su primer éxito, Forever Young. A pesar de estar en la edad del pavo, a mí lo que me gustaba entonces no era Marian Gold, sino la música de Alphaville. Llamadme rara. Ahora, sin embargo, que tiene 61 años y está echado a perder, física y vocalmente, porque ha perdido mucha voz (lo siento, Marian) me encanta el Marian que veo en las fotos de los ochenta. Así que es algo parecido a enamoriscarse de un personaje histórico que no has podido conocer por no coincidir en el tiempo pero del que te enamoriscas de todos modos, ya sea por algún rasgo de carácter o por su imagen o algo que ha hecho (música, en este caso).

Durante muchos años pasados los ochenta, no seguí a Alphaville. Estaba ocupada sobreviviendo a demasiadas cosas que tampoco voy a contar aquí. Mientras tanto, Alphaville fue evolucionando, haciendo música distinta y muy diferente a Forever Young y Big in Japan, que son los hits  por los que la gran mayoría de gente los conoce y en muchos casos sin saber siquiera que era de ellos. Curiosamente, a mí esas dos canciones no me gustan nada. No las escucho jamás. Y cuando digo nunca, es nunca. Y eso que soy una fan.

Como decía, durante muchos años, hasta hace bien poco, no seguí a Alphaville, aunque siempre se quedaron en un rincón de mi corazón. Hasta que un día, se me ocurrió buscar Afternoons in Utopia en el Spotify, mi álbum preferido de años atrás. Me produjo una emoción indescriptible. Lo escuché entero, de la primera a la última canción. A partir de ahí, ya no pude desengancharme. Comencé a escuchar lo que habían hecho durante el tiempo que yo no había estado. Los busqué en Internet y descubrí que aún seguían activos. Escuché su último álbum de 2010. Encontré fotos de Marian Gold y me horroricé ante lo que se había hecho a sí mismo (sorry otra vez, Marian, pero esta entrada no tendría sentido si no soy sincera y eso no merma una pizca mi admiración por ti, aunque parezca una contradicción) Y sobre todo, lamenté que me hubieran quitado también eso, los álbumes cuyo lanzamiento no anticipé con ilusión, las entrevistas recién publicadas que no leí, los conciertos que me perdí, el Marian joven al que no seguí. Por eso decía en El Rey de Amarillo que Marian es un símbolo del tiempo que me robaron.

Así que con Alphaville me ha tocado hacer un poco de historiadora y observar la evolución de su música a toro pasado. Y creo que su principal virtud es la honestidad. La música ha cambiado a medida que Marian ha evolucionado como persona. Y digo Marian, porque no sólo es el alma de Alphaville, sino el único miembro de la banda que queda de su composición original. Su mayor virtud, decía, es que no ha pretendido ajustarse a un molde ni forzar un estilo para mantener el éxito original, sino que ha ido cambiando según la época. Hay canciones improvisadas (Ariana), con trasfondo político (Summer in Berlin), bandas sonoras (All in the Golden Afternoon), mensajes a los fans (Ivory Tower), de amor feliz (The Impossible Dream), la soledad del sexo sin amor (Romeos), el amor desgraciado (Wishful Thinking), desencanto con la vida (Oh Patti), arrepentimiento (The Things I didn’t do) y hasta patriotas (To Germany with love). Y así, suma y sigue.

El tiempo que perdí no es lo único que Marian simboliza. También la libertad que no disfruté cuando me hubiera gustado, y los riesgos que no corrí. Cuando Big in Japan alcanzó el número uno en las listas de éxitos, Marian estaba pelando patatas en la cocina en que trabajaba, y tenía treinta años. Apostó por un sueño y ganó. Podría no haberlo conseguido, pero lo hizo. Durante un tiempo, formó parte de una comunidad artística llamada Nelson abierta a todo tipo de artistas, que él mismo contribuyó a formar. No fue padre hasta los 44 años y ahora tiene seis hijos. Y a los 61 años, perdidos todos sus encantos y la mayor parte de su maravillosa voz, sigue manteniendo el tipo en los escenarios. Podría haberse mantenido mucho mejor, en todos los sentidos, pero no lo ha hecho, y eso forma parte de ser quien es, su libertad de elección. Un aprendizaje que a mí me ha costado adquirir y me gustaría haber tenido desde un principio. Como la libertad de equivocarme, fracasar y haber hecho lo que me diera la gana sin preocuparme tanto por todo. O de vivir con pasión en lugar de por conveniencia. Elegir en lugar de adaptarme. Y tener algo interesante que recordar o poder decir que al menos, lo intenté. Hum, eso habrá que arreglarlo en los próximos años.