miércoles, julio 05, 2017

Sola ante el peligro

23:21 6 Comments
Así es exactamente como me siento ahora. Sola ante el peligro. Se ve que en este blog no puedo evitar acabar hablando de cosas personales. Pues sea. A fin de cuentas, no deja de ser mi espacio personal de reflexión. Más público que privado, eso sí.

Conocí a un hombre con una vida complicada. La mía también lo era. Las simplificamos para poder estar juntos. Yo, al menos, lo hice. Él, teóricamente, también. El proceso me llevó por un camino de sacrificios tremendos. Primero, de no exclusividad. Después, tuve que decidir cortar la relación. Cuatro meses separados. Entonces reaccionó. Regularizó su situación. No le quito mérito, eh, siempre lo he dicho. Pero me pidió tiempo. Para pasar el duelo de la separación, primero. Y llegó el divorcio. Y sí, parece que vamos llegando a buen puerto, después de tantísima espera. Pero espera que ella todavía no ha ratificado en el juzgado. Espera un poco más a que lo nuestro se haga oficial. Y ahora espera, que los niños todavía no han terminado el curso académico. Y un día, ya se lo he dicho a los niños. Se lo han tomado muy bien. Genial. Entonces ya podemos hacer vida normal. Por fin. Pero la vida normal no llega, y Amaranta empieza a extrañarse. Y lo plantea. Y la respuesta es "tienes que entender que mis padres son muy mayores y les cuesta asimilarlo."

¿PER-DO-NA???

¿Me quieres decir que después de tres años y medio de sacrificarme por todo dios, para que nadie sufra más de la cuenta y tú no tengas más problemas de los necesarios, tres años y medio de espera, ahora me sales con esto?

Le miro a los ojos y le digo con mucha tranquilidad: "pues cariño, me temo que entonces ha surgido un problema, porque nuestra relación no aguanta."

Y entonces intenta llevarlo al conflicto, que si le estoy haciendo responsable de cosas de las que no lo es, que si en realidad esto, lo otro. El viejo truco. No se lo permito. No te estoy haciendo responsable de nada, le digo. Lo que ha pasado, pasado está. Lo único que planteo es que tenemos un problema que hay que gestionar, y es que me tienes que incluir de una vez en tu vida, porque si no, esto no funciona.

No hay escapatoria. Recula. Tienes razón, he metido la pata. Lo vamos a gestionar. Lo vamos a arreglar. Pero a mí ya se me han caído varios pelos del sombrajo. Nunca pensé que  mis numerosas pesadillas, atribuidas a fantasmas del pasado, fueran realidad: mi pareja tiene  serias resistencias a incluirme en ese lado de su vida que tiene en su pueblo de origen, amigos, padres y toda la pesca. Y aunque ha aceptado que tengo razón, ahora me siento sola. Sola ante la hostilidad de su entorno, en el que él debió tomar la iniciativa de introducirme sin que yo lo acabara exigiendo porque no hacerlo se iba a cargar nuestra relación. Sola ante la sombra alargada de un entorno opresivo al que ya tengo manía sin conocerlo. Sola ante la siniestra idea de acabar siendo un añadido a su anterior situación, con la que mantiene vínculos bastante insanos que tampoco voy a describir ahora. Sola ante la idea de irme a otro país con un hombre con semejante mochila descomunal, mucho peor de lo que pensaba. Sola ante la vida en general. Decepcionada. Y asustada. Y sin embargo, con mucha más paz que antes. Porque este hombre, en su mangoneo infame, su eterno alargar las cosas,  su venga a dar excusas creíbles hasta que se acabaron, me ha hecho sentirme tremendamente insegura, llorar lo que no está escrito, tragar carros y carretas, padecer una ansiedad desbordada. Que los pocos que hayan tenido el aguante de seguir leyendo habrán visto reflejado en este blog, cómo se iba oscureciendo y llenando de inquina y amargando, hasta que su autora se preguntó ¿qué pasa? ¿quién es esta que escribe? ¿por qué está tan llena de amargura, si las cosas, en teoría, le van bien? ¿dónde está el humor que solía tener, incluso en etapas complicadas? Y decidió que tenía que hacer algo y empezó el Happiness Project, que no es otra cosa que el símbolo de una negativa a vivir eternamente en la tristeza y la negatividad, la determinación de encontrar razones y salidas, la decisión de hacerse con las riendas de sus emociones y encontrar el equilibrio. Y a veces pasa que cuando uno toma este tipo de decisiones, de pronto los acontecimientos se ponen a su favor, y esta conversación difícil que no quería tener pero tuve de puro cabreo, pura ira y hartazgo de que me trataran como no merecía, me ha traído una claridad que necesitaba. Y me ha mostrado que en realidad no eran fantasmas, sino las manipulaciones de un hombre valiente, sí, cuando hace falta, pero muy cobarde en determinadas cosas, en afrontar sus complejos de culpa y la desaprobación ajena, un hombre criado y huido de un ambiente opresivo y cerrado al que sin embargo vuelve cada dos fines de semana, y del que me ha mantenido excluida a base de excusas creíbles hasta que dejaron de serlo, excluida para no herir sensibilidades del tal ambiente, hiriendo en cambio las mías; un hombre que ha elegido frente a mí y no a mí, que debe responsabilizarse de mi como pareja suya que soy y no lo ha hecho, son las manipulaciones de ese hombre, digo, y no mis fantasmas, los que me han hecho pasar por un infierno.

Y si bien sé que no había intención en ello, ni siquiera conciencia del efecto que podía estar causando en mí; si bien sé que este hombre me quiere, porque no lo puede negar ni ocultar, el amor que no se ama como debe no hace ningún bien, sino todo lo contrario. Porque es un señuelo que te mantiene atrapado y no te deja ver con claridad. Y te hace pensar que son tus fantasmas, que eres tú, que has pasado por tanto que ya no puedes querer sin sufrir, que ves cosas donde no las hay, que te las imaginas, que eres injusta, que no puede ser. Hasta que las excusas creíbles se acaban y se echa mano de las más flojas, y se queda el manipulador con el culo al aire y tú sin un solo pelo en el sombrajo. Y de repente, se abren las nubes y ves todo el panorama. Y te cagas en su puta madre. Para qué nos vamos a engañar.





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