miércoles, julio 12, 2017

Que le den al peligro

23:37 4 Comments
Yo creo en la sinceridad. Y creo que si últimamente me sale escribir siempre sobre lo mismo, es porque lo necesito. Consciente soy de que este blog no está quedando tan divertido como el Tablón de Amaranta. Supongo que vendrán tiempos mejores. Ahora toca lo que toca, y no quiero forzar las situaciones. Lo peor que puede pasar es que no me lean por coñazo. Bueno. Cosas peores le pasan a una en la vida. Me conformo con que al menos la acritud se vaya moderando y despareciendo y creo que eso sí lo estoy consiguiendo. Con el blog y en la vida diaria.

Los últimos tres años y medio han sido una prueba durísima y un periodo de transformación personal. Hoy puedo decir que esa etapa ha finalizado. Como aclaración y continuación de mi entrada "Sola ante el peligro" tengo que decir que el escenario tan negro que me auguraba no se materializó. Cuando le planteé mis inquietudes a Erik, al día siguiente ya estaba presentada oficialmente en su entorno. Pero me dijo algo en lo que tenía mucha razón, y es que yo no confiaba en él. Es verdad. La puesta a prueba durante un periodo tan largo me ha hecho perder la confianza. Y sin eso, una relación difícilmente funciona.

Mi pérdida de confianza desde luego se debe a unas cuantas acciones de él en el pasado, pero también, y eso no puedo obviarlo, a mis propias inseguridades. El maltrato en la infancia deja huella. Siempre. Y lo digo sin victimismos, que conste. Me considero una auténtica superviviente, una mujer que se ha hecho a sí misma. Pero no soy super-woman. Y secuelas, pues me han quedado. Para qué nos vamos a engañar. La principal de todas ellas, y más complicada de gestionar, es un miedo profundamente arraigado, un sentimiento de desamparo que lo llena todo y está siempre presente. Ese miedo está en tu núcleo y condiciona todos tus pensamientos y reacciones, el 99% del tiempo sin que te des ni cuenta. Y se traduce en un constante anticipar desastres, un no confiar en que nada vaya a salir bien, un sentir que el suelo se deshace bajo tus pies, un matarte a dar para que te quieran y un no acabar nunca de creerse que alguien pueda quererte de verdad, aunque la otra persona lo demuestre constantemente. Y eso es un infierno interior, la verdad. Su lógica tiene, no crean. Si la persona que más debía protegerte y cuidarte en el mundo te ha abandonado y agredido constantemente durante años, ¿cómo vas a confiar en nadie más? Por mucho que te digan que eres digno de amor, ¿cómo puedes creerlo si tus propios padres no te han querido? Son contradicciones difíciles de superar que provocan un sentimiento de ansiedad constante y generalizada, la cual  interfiere en tu capacidad de concentración, tu sueño nocturno, tu nivel de energía y a veces provoca peligrosos bajones de ánimo o niveles de ansiedad insostenibles. Lo más suave que te pasa un día cualquiera es que llegas al final del día agotado, con taquicardia, sin haber comido gran cosa y luego encima, no duermes. Y al día siguiente, te despiertas con taquicardia. Again.

Menos mal que no iba a analizar lo que me pasaba. Espero que al que haya llegado hasta aquí leyendo no le haya dado una depresión. Sorry.

El caso es que, llegados a este punto, sólo tienes dos opciones: superarlo o permitir que el miedo siga dirigiendo tu vida. Yo no voy a decir que he optado por lo primero porque no lo he hecho.  Más bien ha pasado solo. Es lo que contaba en "Cenando con los Warren". Llega un momento en que la situación es tan insostenible que te das cuenta de que nada que pueda pasarte, por horrible que sea, es tan malo como lo que ya estás pasando. Y eso ¿significa que los miedos, las ansiedades, las paranoias, han desaparecido como por arte de magia? Para nada. Qué más quisiera. Lo que significa es que cuando aparecen, me planto. Los enfrento de puro cabreo que tengo de no poder aguantarlos más. Me niego a que un pensamiento obsesivo me machaque el cráneo. Me niego a que me asuste cualquier idea acerca de lo que me pueda pasar. Me digo a mí misma que lo gestionaré cuando pase. Y lo digo con cabreo, con rabia. La de no poder más. Me obligo a recordar los muchos detalles que demuestran que hay gente que me quiere de verdad. Me obligo a confiar. Porque lo que tengo hoy no me vale. Y la verdad, no me lo merezco.





















Cenando con los Warren

22:40 0 Comments
No voy a analizar, indagar, escarbar, rumiar o investigar ningún aspecto más de cómo me siento o me dejo de sentir. Ni los orígenes, ni las causas, ni las soluciones. Nada de nada. Así que si alguien piensa que este es otro post más tipo intensocoñazo, que respire aliviado. Pero sí voy a decir que por causas que no vienen al caso, he llegado a un límite de ansiedad que tampoco viene al caso, y de esas cosas que pasan y algo hace “click” dentro de ti. Y ese “click” fue un “estoy hasta las pelotas” un “no quiero vivir así” tan grande como no había sentido en toda mi vida. Y más instintiva que conscientemente, sentí una determinación como nunca antes había experimentado, de no volver a sentirme así jamás, un “me importan un cojón lo que me pase en la vida, que ya me ocuparé de ello cuando pase”. Que no me importa, y lo digo en serio, lo que sea que me pase, ya puede ser todo lo fuerte que quiera, que nunca, jamás, voy a volver a preocuparme por lo que pueda pasar y nunca jamás, voy a permitir ni por un segundo que sea el miedo el que dirija todo esto. Antes que seguir así, y otra vez lo digo en serio, prefiero morirme. Lo cual, por otro lado, más tarde o más temprano pasará de todas formas.

Y ahí se acabaron las técnicas de relajación, las meditaciones, las tilas, el mindfulness y el moderno Prometeo. Ahí se acabó el Happiness Project. Y se acabó el controlar las cosas, el perfeccionismo, el preocuparme por el que pensarán los demás, el no ser yo misma por el que dirán, el temer que no me quieran. Se acabó todo. Con un simple, sencillo, intenso, inesperado e involuntario grito interior:

¡¡¡ESTOY HASTA LAS MISMÍSIMAS PELOTAS Y NUNCA VOLVERÉ A VIVIR ASÍ!!!


La anécdota es que esta noche, poniendo en escena la metáfora de ese click interior, involuntario, inesperado y catártico, mi mente ha generado un sueño de lo más interesante. Y es que me sentaba a cenar en la mesa de los Warren, que no he visto la película y seguro que me lo he inventado todo, pero lo que importa es el significado, que me he sentado a cenar en la casa endemoniada de turno con dos cojones y mucha tranquilidad, sabiendo que en cualquier momento aparecía un bicho o salía una silla volando o se manifestaba un demonio, sabiendo que había peligro e importándome literalmente un peo, tan firme era mi decisión, que en realidad es un click, insisto, de que sea lo que sea que me ocurra, ni de coña pienso volver a tener miedo. Ni a anticipar desastres, ni a sentirme mal por lo que pueda ocurrirme. Que me pase lo que sea, que me planche un camión, que me salga un cáncer, que me pongan los cuernos, que me secuestren y me maten, que aquí estoy, pero sin miedo. Coño ya con la ansiedad de los huevos.


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